La historia como conjunto de relaciones
Antes de continuar, hay que advertir
que el surgimiento y desarrollo de la identidad individual no responde a una
lógica diacrónica que transita de estados de salvajismo o barbarie a estados de
civilización (aun y cuando en esta tesis, por practicidad, el orden de los
apartados parezcan estar narrando una historia lineal). Esto es justamente el
llamado mito de la Ilustración europea que parte de la equivocada idea de la
linealidad progresiva de la Historia (Gandarilla Salgado 2012). Sucede que la
Historia no es un relato de éxito moral sino que es un intrincado conjunto de relaciones
temporales y espaciales, relaciones cambiantes y cambiables (Wolff 2000). Por lo
tanto, el cambio de explicar las amenazas naturales de manera metonímica a una
forma metafórica y científica, no necesariamente significó un “triunfo” y control
sobre estas, tampoco se puede considerar que las sociedades anteriores y
asociadas a la identidad relacional eran primitivas o atrasadas solo por eso.
Lo anterior es lo que de Sousa Santos (2010) llama la “monocultura del tiempo
lineal”, es decir la lógica que declara atrasado todo lo que, según la norma,
es asimétrico con relación a lo que es declarado avanzado.
Sociedades complejas
Aclarado el punto anterior, se
puede comenzar afirmando que, cuando el grado de complejidad socioeconómica en
una sociedad se incrementa, hay una división y especialización del trabajo
producto del incremento de un excedente en la producción agrícola que garantiza
la supervivencia en mediano y largo plazo. La garantía de la supervivencia
incrementó lo que llamamos el tiempo libre: al ya no tener que ocuparse de la
supervivencia todos los días y todas las horas del día, fue posible tener
tiempo para la reflexión y el pensar (en el sentido de un procedimiento donde
sensaciones, representaciones y conceptos heredados se combinan para dar lugar
a conocimiento (Galcerán 2001)). La especialización del trabajo también
incrementó el control material del medio natural (Hernando 2002). Como ya se
mencionó en el apartado anterior, el control material relativo de un fenómeno
de la naturaleza permite explicar la lógica que lo gobierna (modo metafórico).
De acuerdo a Amin (1989) existía en estas civilizaciones una práctica empírica
científica (modo metafórico) en la agricultura, la crianza de ganado, la
navegación, la construcción y la producción artesanal; pero no un pensamiento
científico todavía.
Por otra parte, la
especialización de funciones dentro de una sociedad genera que cada uno de los
distintos individuos ocupen posiciones e interacciones distintas dentro de esa
sociedad configurando jerarquías religiosas y políticas. Gracias a los recursos
generados por la agricultura, las personas de mayor edad son liberadas del
trabajo y su estatus de prestigio social (la esperanza de vida era del orden de
entre 20 y 30 años (Ferrer 2013)) se vuelve el fundamento de la autoridad del
jefe-chamán al interior de la tribu (Carmagnani 2004). Lo anterior conlleva a que
la conciencia de que cada uno es distinta e independiente de los demás, esto a
pesar de que todos se encuentren y experimenten la misma realidad.
Así, comienza a aparecer la
sensación del “yo” interno, diferenciado no solo del resto de los individuos
del grupo sino también del medio natural (Elias 1990). Esta consciencia del “yo
interno” diferente al “mundo exterior” implica asumir que este último no se
comporta de manera igual al ser humano sino que tiene una lógica propia
(Hernando 2002). Por ello, para explicar dichos fenómenos naturales hubo que crear
abstracciones.
La distancia emocional que impone
la identidad individual sobre el medio natural permite una sensación de poder
controlar los fenómenos naturales. Tan solo, describir y explicar estos
fenómenos a través de una herramienta de abstracción como lo es la escritura,
implica ya un modo de distanciamiento con esa naturaleza, estableciendo así,
una relación racional con esta (Hernando 2015). Esto será una sensación
primordial respecto a las amenazas de origen natural durante el nacimiento y
desarrollo de la CMOC, donde la abundancia de explicaciones lógicas y el
control de los fenómenos naturales mediante la tecnología afianzarán esta
sensación.
La identidad individual, da la
sensación también de que ya no se necesita del grupo, (especialmente si se está
en una posición de poder dentro del mismo). Pero esto no es necesariamente
cierto, y de hecho es esta posición la que Hernando (2012) señala que es la
base del concepto de la “fantasía de la individualidad”. En ese sentido, esta
sensación de poder y control sobre el medio natural y las amenazas naturales
también podría sumarse a esta “fantasía de la individualidad”, de la cual se
despierta cada que ocurre un desastre.
La realidad nos coloca en un
lugar modesto respecto al mundo: toda sociedad humana es eco-dependiente, esto
significa que la vida humana es solo parte de un conjunto más amplio (Pérez
Orozco 2014), pero esto no será abordado de manera crítica hasta cuando el
movimiento ambientalista surja y cobre relevancia dentro de la CMOC.
Hay que señalar que ha habido
sociedades completamente basadas en la identidad relacional pero es imposible
una sociedad basada únicamente y exclusivamente en la identidad individual, al
menos eso no ha ocurrido hasta ahora en la historia. Toda sociedad se sostiene
de redes de interdependencia: la persona como un nudo en una red y la comunidad
como un tejido en un conjunto de redes. Lo anterior no niega la individualidad
de cada sujeto, pero plantea la situación de que la vida de cada quien está en
interacción con la vida de los otros en cadenas de jerarquía, discriminación,
de consumo, de empatía, etc.
Las edades antiguas
Ahora que se ha descrito la
identidad individual en contraposición a la identidad relacional, se puede
describir el proceso que dio pie a la CMOC y su relación con las amenazas de
origen natural.
Luego de que los grupos de cazadores-recolectores
comenzarán a practicar la agricultura y volverse sedentarios (los primeros aproximadamente
hace 5,000 a 10,000 años), comenzaron a aparecer las primeras aldeas
conformadas por uno o dos linajes, y luego las primeras ciudades y finalmente
organizaciones sociales, económicas y políticas de gran complejidad, lo que hoy
se define con el término de civilización.
La diversidad de civilizaciones y
sus también diversas circunstancias durante este periodo no solo abarcaba a las
comúnmente abordadas por la tradición histórica como los griegos o los romanos,
sino que también hay que considerar a las civilizaciones en Medio Oriente (las
civilizaciones que se desarrollaron en Mesopotamia, Persia y la Península
Arábiga), en la India, en China, en Japón, en la península de Anatolia, en
Mongolia y Asia Central, en África (no solo los egipcios o los cartagineses
sino también el imperio de Mali o el reino de Etiopia, por ejemplo), el Imperio
Mayapajit en el sudeste de Asia, en América con las diferentes civilizaciones
del centro de México, los mayas y las civilizaciones andinas, sin olvidar a los
polinesios que se extendieron por las islas del Océano Pacífico.
Cada una de estas civilizaciones
afrontó en algún momento algún evento de desastre (Tabla 1.1). Y cada una
abordó este tipo de situaciones de manera diversa aunque sus explicaciones
seguían estando relacionadas con su metafísica religiosa y sus mitos, además del
grado de control material que habían logrado sobre su medio natural.
Adicionalmente, durante este
extenso periodo de la historia del mundo, fueron cada vez más frecuentes los sistemas
económicos no equivalenciales, donde la gestión del excedente de producción es realizada
por una mínima parte de las personas que conforman una sociedad. Por lo
anterior, este tipo de organización permite ya la existencia de ricos y pobres
(de hecho el capitalismo actual es un ejemplo de sistema económico no
equivalencial). Grandes civilizaciones de la historia como las surgidas en
Mesopotamia, Egipto, los griegos y los romanos o los mexicas en México,
tuvieron este tipo de sistemas económicos relacionados con modos de producción
tributarios y esclavistas (Guerra Vilaboy 2006; Dussel 2006). Este modo de
producción se basaba en métodos estatales de control, dominación y saqueo (Kemp
1997). Para este tipo de sistemas, la metafísica religiosa que justifique el
orden social en jerarquías es indispensable y perdurará hasta la Edad Media (Amin
1989).
Además, la individualidad en
estas civilizaciones ya es entendida y pensada de un modo específico. Por
ejemplo, el Código de Hammurabi (1750 a. C.) del Imperio Babilónico (King 2005)
y las leyes de Manu, texto escrito en sanscrito de la India que fue
probablemente escrito antes del año 0 nuestra era (De 2015), muestran ya
sociedades complejas y estratificadas. Ambos textos tienen penas y “derechos”
que se aplican a individuos. Sin embargo, la idea de progreso no aparece en
estas civilizaciones pues el orden social es concebido como eterno (Amin 1989).
También, todas estas civilizaciones se caracterizaban por ser patriarcales,
entre otras cosas porque las mujeres habían sido relegadas de ciertas actividades
o confinadas a otras (especialmente las del cuidado de los otros). Además, las
mujeres se convirtieron en objetos de posesión, botines de guerra e
instrumentos de producción sexo-económica (Guilaine y Zammit 2002; Grajales
2014).
Sin embargo, lo relacional seguía
estando presente: si bien ya no es un clan, en esta fase la subjetividad
permaneció ligada a la familia extensa, un estamento, un gremio o una casta;
además seguían existiendo aldeas, sociedades nómadas o semi-nómadas comunitarias
por todo el mundo. Por lo tanto, la subjetividad no operaba todavía al nivel
específico del individuo (Guattari y Rolnik 2006). En estas aldeas, regiones
rurales o feudos, la relación con el medio natural es particularmente fuerte
entre la población que se dedica a las actividades primarias. Para estas
personas, el campo de cultivo, los bosques, los ríos o los mares y en general
todo lo relacionado con la naturaleza, sigue ocupando un lugar central en su
vida. Además, durante las invasiones y guerras, no pocas veces los campesinos
perdían la vida; pero si sobrevivían podían quedarse en las tierras que
cultivaban; por así decirlo solo cambiaba el rentista, hoy griego, mañana
romano, luego bárbaro (Dussel 2006). Así, esta estrecha relación con el medio
natural seguía motivando explicaciones metonímicas para las amenazas naturales.
Por otra parte, en Egipto se
tiene registro por primera vez de la creencia de la vida eterna (el alma) y de
la justica moral que implica el tener esa eternidad con base en la dualidad
castigo-recompensa individualizada (Amin 1989). Actualmente, esta creencia que
ha llegado hasta nuestros días, juega un rol importante en cómo la población de
la CMOC sigue actuando y enfrentando los desastres.
En relación con esto último, la
filosofía y la práctica científica empírica no surgieron en Grecia, pero si es
ahí donde se logró por primera vez la abstracción científica y el desarrollo de
una “filosofía de la naturaleza” (que tiene el potencial de sustituir a la
mitología por una serie de abstracciones que permiten dar coherencia a lo que
se conoce del medio natural, como explicación de los fenómenos naturales) (Amin
1989). Sin embargo, no sería hasta la Modernidad que estás abstracciones se
ordenarían en un sistema coherente.
Hay registros de que las diversas
civilizaciones de la historia tuvieron que adaptarse a los cambios que algún
peligro de origen natural les imponía: las inundaciones de los ríos Tigris y
Éufrates en las distintas culturas que habitaron la región de Mesopotamia
(Kennett y Kennett, 2007; Smith 1991) y el río Amarillo en China (Fucheng et
al. 1987; Huang et al. 2011); y por el contrario, las bajas crecidas del río
Nilo que en Egipto causaban hambrunas (Hassan 2007). Otro ejemplo es el mito
del diluvio universal que se repite en diferentes civilizaciones en diferentes
lugares del planeta y que podría explicarse de distintas maneras. Una de esas
hipótesis es una crecida repentina del nivel de las aguas del Mar Negro de
hasta 30m durante el Holoceno temprano (Giosan et al. 2009) y que causó una
migración masiva de los grupos que ocupaban esas tierras bajas hacía
Mesopotamia, Anatolia y la península de los Balcanes. Otros ejemplos son la
erupción del Monte Paektu en lo que actualmente es la frontera entre China y
Corea del Norte y que ocasionó un cambio climático regional y hambrunas en
China en el año 946 d. C. (Oppenheimer et al. 2017) o la erupción en el año 90 d.
C. del volcán Guagua Pichincha en lo que hoy es Ecuador y que afectó
severamente a la civilización Jama–Coaque (Zeidler 2016).
Hay algunos casos en donde el
colapso de una sociedad está estrechamente relacionado con la ocurrencia de un
desastre de origen natural de magnitud considerable. Por ejemplo, la
civilización Minoica que sufrió las consecuencias de diversos terremotos y la
erupción del volcán Santorini y los tsunamis que se desencadenaron por esta
erupción (Bruins et al. 2008), o el colapso del fin del periodo Clásico Maya
tardío alrededor del año 1,000 d. C. debido probablemente a una serie de
sequias severas (Lane et al. 2014).
Pero sin duda, el caso de la
erupción del volcán Vesubio en el año 79 d. C. que destruyó las ciudades de Pompeya
y Herculano, es uno de los desastres de origen natural más documentados y
estudiados; aunque no acabó con la civilización romana, estas dos ciudades no
volvieron a ser reconstruidas ni habitadas nuevamente (Charlier et al. 2017). En este caso las descripciones de Plino el
joven, abren una ventana a como la sociedad romana se posicionaba frente a los
desastres: Pompeya era una ciudad de vocación comercial (Beard 2009); Plino
testifica que antes de la erupción del Vesubio, ocurrieron varios terremotos
que no causaron temor entre la población debido a que eran frecuentes no solo
en el área circundante al volcán, sino en toda la región de Campania
(Giacomelli et al. 2003). Incluso, estos terremotos habían causado daños a
algunos de los edificios de Pompeya, pero todo parecía parte de la
cotidianidad. Por su parte, Beard (2009) sostiene que algunos miembros de la
clase alta de la ciudad si visualizaron en los terremotos que antecedieron a la
erupción una amenaza y por ello retiraron de sus casas objetos valiosos y
decoraciones ostentosas. Por esta y otras evidencias, parece que la población
de estas ciudades se dividió entre quienes si interpretaron los terremotos y la
actividad del Vesubio previa a la erupción como una amenaza (al menos para sus
bienes materiales) y los que simplemente no lo tomaron de esa forma. Podría
concluirse por las consecuencias, que, en general, la población no estaba
preparada para una erupción volcánica.
En México, además del caso de la
civilización Maya ya mencionado, está el evento de la erupción del volcán
Xitle, un cono de escoria al suroeste de la cuenca de México, ocurrida
aproximadamente entre los años 245-315 d. C. (Siebe 2000) y que destruyó el
emplazamiento urbano de Cuicuilco (y Copilco). Siebe (2000) sugiere que,
efectivamente y contrario a lo que indicaban investigaciones anteriores que
afirmaban que Cuicuilco había sido abandonado mucho tiempo antes de la
erupción, la erupción ocasionó el abandono final de la ciudad por parte de sus
habitantes. El autor también refiere que Cuicuilco estaba en una etapa de
decadencia y que entre los factores que contribuían a esa etapa decadente estaba
una erupción de tipo pliniana del volcán Popocatépetl hace 2000-2200 años. Esta
erupción del Popocatépetl afectó no solo a Cuicuilco sino a toda la población
que se asentaba en aldeas en la cuenca de México. Además, esta erupción ayudó a
Teotihuacán (y Cholula) a establecerse como el centro ceremonial y económico
más importante de la región (Siebe 2000; Plunket y Uruñuela 2006).
Los ejemplos mencionados arriba,
son algunos sucesos sobre los que existen estudios y referencias históricas. Sin
duda, este apartado es solo una generalización de un periodo de tiempo
considerable en el que se ubican distintas sociedades con realidades diversas,
por lo que establecer que los desastres de origen natural fueron afrontados y
pensados de la misma manera en todas ellas no sería correcto.
Sin embargo, si se puede
establecer que las explicaciones que se daban a los desastres estaban estrechamente
ligadas a las metafísicas religiosas de cada una de estas sociedades y que el
vínculo con el medio natural era importante en una gran parte de los habitantes
del mundo antiguo. Sin embargo, no existía una relación sistemática coherente
entre las mitologías y la práctica empírica del control material de la
naturaleza (Amin 1989).
La Edad Media
Es importante señalar que no se
puede universalizar la Edad Media a todo el mundo pues este tipo de
organización económica-político-social, solo ocurrió en una parte de Europa a
finales del siglo XV (Blaut 1978; Brenner 1979), específicamente el modelo
franco-germánico si acaso ampliado al principado ruso, a la China de la
dinastía Chou y al shogunato japonés (Gandarilla Salgado 2012); y mucho menos
de que se trata de un estado de transición universal por el que todo pueblo debe
de pasar (Hintze 1968).
En términos temporales, el
feudalismo se extiende desde la caída de Roma (alrededor del siglo V d. C.)
hasta el siglo XIV (Montenegro 1989) y se basa todavía en un modo de producción
tributario (Amin 1989). Durante este periodo, Europa era una región periférica
pues los grandes centros de desarrollo de ideas, pensamiento, comercio y
tecnología se encontraban en el mundo árabe, en India y en China (Garandilla
Salgado 2012; Amin 1989; Ferrer 2013), además de los imperios Azteca e Inca, aunque
estos último no tenían relación con Asia, Europa o África ni entre sí mismos
(Ferrer 2013). De los mencionados, el mundo árabe era con quién más contacto
tenía Europa y esto significaba un problema debido a las diferentes religiones
de ambas regiones: el islam por un lado y el cristianismo católico por el otro.
Ambas religiones de carácter universalista (búsqueda de la verdad absoluta) y
dogmático (Amin 1989).
La Iglesia católica desempeñaba
un papel preponderante en la sociedad de la Edad Media pues era el único poder
centralizado, orgánico y estable en ese continente (Montenegro 1989). Su
dominio espiritual, a través del dogma, era casi ilimitado. A pesar de que su
doctrina básica estipulaba el desprendimiento de los bienes terrenales, el amor
al prójimo y la caridad, la institución quedó envuelta en los intereses del
poder y marcó una distancia clara con sus seguidores (Montenegro 1989). Lo
anterior se reflejaba en todos los aspectos de la sociedad de la Edad Media y
en sus explicaciones (castigos divinos) de los desastres de origen natural y el
hermetismo con el que reaccionaban ante estos sucesos.
La sociedad feudal europea se vio
afectada por situaciones difíciles relacionadas con amenazas de origen natural.
Como ya se mencionó, la narrativa que la sociedad medieval daba a los desastres
de origen natural, entre los cuales las inundaciones y las epidemias como la de
la peste negra (Ferrer 2013), estaba estrechamente ligada a la religión
católica; pero también, y ya desde entonces, a intereses económicos (Emrys
Morgan 2015).
Por otra parte, si bien es
probable que en tiempos anteriores y en otros lugares del mundo como la cuenca
de los ríos Tigris y Éufrates, algunas inundaciones ya pudiesen ser
clasificadas como “socio-naturales”, es decir, causadas por una combinación de
factores naturales y antrópicos, es en la Europa medieval en donde estudios
como el de Toonen (2015) muestran evidencias de la relación entre las
inundaciones (en este caso en específico en la cuenca del río Rin) y la
deforestación iniciada desde el periodo paleolítico.
Otro aspecto relevante es que es
en este periodo, principalmente en la baja Edad Media, donde la población
comienza a llevar un registro de los eventos de desastre que los afectaban, tal
es el caso de las inundaciones del río Rin en lo que hoy es Alemania y Holanda
(Glaser y Riemann 2009; Glaser y Stangl 2003, Herget y Meurs 2010) o para el
río Támesis (Galloway 2009).
Es en esta Europa medieval cristiana occidental y no
desde el mundo árabe o el imperio chino, donde se gestará el cambio histórico
que hoy llamamos Modernidad, aunque hay que decir que dicho cambio incluyó en
un principio la apropiación por parte de los europeos de una parte de la
tecnología y ciencia desarrollada por los árabes y los chinos (Ferrer 2013).
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