martes, 23 de octubre de 2018

1.1.3 De la identidad relacional a la identidad individual


La historia como conjunto de relaciones

Antes de continuar, hay que advertir que el surgimiento y desarrollo de la identidad individual no responde a una lógica diacrónica que transita de estados de salvajismo o barbarie a estados de civilización (aun y cuando en esta tesis, por practicidad, el orden de los apartados parezcan estar narrando una historia lineal). Esto es justamente el llamado mito de la Ilustración europea que parte de la equivocada idea de la linealidad progresiva de la Historia (Gandarilla Salgado 2012). Sucede que la Historia no es un relato de éxito moral sino que es un intrincado conjunto de relaciones temporales y espaciales, relaciones cambiantes y cambiables (Wolff 2000). Por lo tanto, el cambio de explicar las amenazas naturales de manera metonímica a una forma metafórica y científica, no necesariamente significó un “triunfo” y control sobre estas, tampoco se puede considerar que las sociedades anteriores y asociadas a la identidad relacional eran primitivas o atrasadas solo por eso. Lo anterior es lo que de Sousa Santos (2010) llama la “monocultura del tiempo lineal”, es decir la lógica que declara atrasado todo lo que, según la norma, es asimétrico con relación a lo que es declarado avanzado.

Sociedades complejas

Aclarado el punto anterior, se puede comenzar afirmando que, cuando el grado de complejidad socioeconómica en una sociedad se incrementa, hay una división y especialización del trabajo producto del incremento de un excedente en la producción agrícola que garantiza la supervivencia en mediano y largo plazo. La garantía de la supervivencia incrementó lo que llamamos el tiempo libre: al ya no tener que ocuparse de la supervivencia todos los días y todas las horas del día, fue posible tener tiempo para la reflexión y el pensar (en el sentido de un procedimiento donde sensaciones, representaciones y conceptos heredados se combinan para dar lugar a conocimiento (Galcerán 2001)). La especialización del trabajo también incrementó el control material del medio natural (Hernando 2002). Como ya se mencionó en el apartado anterior, el control material relativo de un fenómeno de la naturaleza permite explicar la lógica que lo gobierna (modo metafórico). De acuerdo a Amin (1989) existía en estas civilizaciones una práctica empírica científica (modo metafórico) en la agricultura, la crianza de ganado, la navegación, la construcción y la producción artesanal; pero no un pensamiento científico todavía.
Por otra parte, la especialización de funciones dentro de una sociedad genera que cada uno de los distintos individuos ocupen posiciones e interacciones distintas dentro de esa sociedad configurando jerarquías religiosas y políticas. Gracias a los recursos generados por la agricultura, las personas de mayor edad son liberadas del trabajo y su estatus de prestigio social (la esperanza de vida era del orden de entre 20 y 30 años (Ferrer 2013)) se vuelve el fundamento de la autoridad del jefe-chamán al interior de la tribu (Carmagnani 2004). Lo anterior conlleva a que la conciencia de que cada uno es distinta e independiente de los demás, esto a pesar de que todos se encuentren y experimenten la misma realidad.
Así, comienza a aparecer la sensación del “yo” interno, diferenciado no solo del resto de los individuos del grupo sino también del medio natural (Elias 1990). Esta consciencia del “yo interno” diferente al “mundo exterior” implica asumir que este último no se comporta de manera igual al ser humano sino que tiene una lógica propia (Hernando 2002). Por ello, para explicar dichos fenómenos naturales hubo que crear abstracciones.
La distancia emocional que impone la identidad individual sobre el medio natural permite una sensación de poder controlar los fenómenos naturales. Tan solo, describir y explicar estos fenómenos a través de una herramienta de abstracción como lo es la escritura, implica ya un modo de distanciamiento con esa naturaleza, estableciendo así, una relación racional con esta (Hernando 2015). Esto será una sensación primordial respecto a las amenazas de origen natural durante el nacimiento y desarrollo de la CMOC, donde la abundancia de explicaciones lógicas y el control de los fenómenos naturales mediante la tecnología afianzarán esta sensación.
La identidad individual, da la sensación también de que ya no se necesita del grupo, (especialmente si se está en una posición de poder dentro del mismo). Pero esto no es necesariamente cierto, y de hecho es esta posición la que Hernando (2012) señala que es la base del concepto de la “fantasía de la individualidad”. En ese sentido, esta sensación de poder y control sobre el medio natural y las amenazas naturales también podría sumarse a esta “fantasía de la individualidad”, de la cual se despierta cada que ocurre un desastre.
La realidad nos coloca en un lugar modesto respecto al mundo: toda sociedad humana es eco-dependiente, esto significa que la vida humana es solo parte de un conjunto más amplio (Pérez Orozco 2014), pero esto no será abordado de manera crítica hasta cuando el movimiento ambientalista surja y cobre relevancia dentro de la CMOC.
Hay que señalar que ha habido sociedades completamente basadas en la identidad relacional pero es imposible una sociedad basada únicamente y exclusivamente en la identidad individual, al menos eso no ha ocurrido hasta ahora en la historia. Toda sociedad se sostiene de redes de interdependencia: la persona como un nudo en una red y la comunidad como un tejido en un conjunto de redes. Lo anterior no niega la individualidad de cada sujeto, pero plantea la situación de que la vida de cada quien está en interacción con la vida de los otros en cadenas de jerarquía, discriminación, de consumo, de empatía, etc.

Las edades antiguas

Ahora que se ha descrito la identidad individual en contraposición a la identidad relacional, se puede describir el proceso que dio pie a la CMOC y su relación con las amenazas de origen natural.
Luego de que los grupos de cazadores-recolectores comenzarán a practicar la agricultura y volverse sedentarios (los primeros aproximadamente hace 5,000 a 10,000 años), comenzaron a aparecer las primeras aldeas conformadas por uno o dos linajes, y luego las primeras ciudades y finalmente organizaciones sociales, económicas y políticas de gran complejidad, lo que hoy se define con el término de civilización.
La diversidad de civilizaciones y sus también diversas circunstancias durante este periodo no solo abarcaba a las comúnmente abordadas por la tradición histórica como los griegos o los romanos, sino que también hay que considerar a las civilizaciones en Medio Oriente (las civilizaciones que se desarrollaron en Mesopotamia, Persia y la Península Arábiga), en la India, en China, en Japón, en la península de Anatolia, en Mongolia y Asia Central, en África (no solo los egipcios o los cartagineses sino también el imperio de Mali o el reino de Etiopia, por ejemplo), el Imperio Mayapajit en el sudeste de Asia, en América con las diferentes civilizaciones del centro de México, los mayas y las civilizaciones andinas, sin olvidar a los polinesios que se extendieron por las islas del Océano Pacífico.
Cada una de estas civilizaciones afrontó en algún momento algún evento de desastre (Tabla 1.1). Y cada una abordó este tipo de situaciones de manera diversa aunque sus explicaciones seguían estando relacionadas con su metafísica religiosa y sus mitos, además del grado de control material que habían logrado sobre su medio natural.
Adicionalmente, durante este extenso periodo de la historia del mundo, fueron cada vez más frecuentes los sistemas económicos no equivalenciales, donde la gestión del excedente de producción es realizada por una mínima parte de las personas que conforman una sociedad. Por lo anterior, este tipo de organización permite ya la existencia de ricos y pobres (de hecho el capitalismo actual es un ejemplo de sistema económico no equivalencial). Grandes civilizaciones de la historia como las surgidas en Mesopotamia, Egipto, los griegos y los romanos o los mexicas en México, tuvieron este tipo de sistemas económicos relacionados con modos de producción tributarios y esclavistas (Guerra Vilaboy 2006; Dussel 2006). Este modo de producción se basaba en métodos estatales de control, dominación y saqueo (Kemp 1997). Para este tipo de sistemas, la metafísica religiosa que justifique el orden social en jerarquías es indispensable y perdurará hasta la Edad Media (Amin 1989).
Además, la individualidad en estas civilizaciones ya es entendida y pensada de un modo específico. Por ejemplo, el Código de Hammurabi (1750 a. C.) del Imperio Babilónico (King 2005) y las leyes de Manu, texto escrito en sanscrito de la India que fue probablemente escrito antes del año 0 nuestra era (De 2015), muestran ya sociedades complejas y estratificadas. Ambos textos tienen penas y “derechos” que se aplican a individuos. Sin embargo, la idea de progreso no aparece en estas civilizaciones pues el orden social es concebido como eterno (Amin 1989). También, todas estas civilizaciones se caracterizaban por ser patriarcales, entre otras cosas porque las mujeres habían sido relegadas de ciertas actividades o confinadas a otras (especialmente las del cuidado de los otros). Además, las mujeres se convirtieron en objetos de posesión, botines de guerra e instrumentos de producción sexo-económica (Guilaine y Zammit 2002; Grajales 2014).
Sin embargo, lo relacional seguía estando presente: si bien ya no es un clan, en esta fase la subjetividad permaneció ligada a la familia extensa, un estamento, un gremio o una casta; además seguían existiendo aldeas, sociedades nómadas o semi-nómadas comunitarias por todo el mundo. Por lo tanto, la subjetividad no operaba todavía al nivel específico del individuo (Guattari y Rolnik 2006). En estas aldeas, regiones rurales o feudos, la relación con el medio natural es particularmente fuerte entre la población que se dedica a las actividades primarias. Para estas personas, el campo de cultivo, los bosques, los ríos o los mares y en general todo lo relacionado con la naturaleza, sigue ocupando un lugar central en su vida. Además, durante las invasiones y guerras, no pocas veces los campesinos perdían la vida; pero si sobrevivían podían quedarse en las tierras que cultivaban; por así decirlo solo cambiaba el rentista, hoy griego, mañana romano, luego bárbaro (Dussel 2006). Así, esta estrecha relación con el medio natural seguía motivando explicaciones metonímicas para las amenazas naturales.
Por otra parte, en Egipto se tiene registro por primera vez de la creencia de la vida eterna (el alma) y de la justica moral que implica el tener esa eternidad con base en la dualidad castigo-recompensa individualizada (Amin 1989). Actualmente, esta creencia que ha llegado hasta nuestros días, juega un rol importante en cómo la población de la CMOC sigue actuando y enfrentando los desastres.
En relación con esto último, la filosofía y la práctica científica empírica no surgieron en Grecia, pero si es ahí donde se logró por primera vez la abstracción científica y el desarrollo de una “filosofía de la naturaleza” (que tiene el potencial de sustituir a la mitología por una serie de abstracciones que permiten dar coherencia a lo que se conoce del medio natural, como explicación de los fenómenos naturales) (Amin 1989). Sin embargo, no sería hasta la Modernidad que estás abstracciones se ordenarían en un sistema coherente.
Hay registros de que las diversas civilizaciones de la historia tuvieron que adaptarse a los cambios que algún peligro de origen natural les imponía: las inundaciones de los ríos Tigris y Éufrates en las distintas culturas que habitaron la región de Mesopotamia (Kennett y Kennett, 2007; Smith 1991) y el río Amarillo en China (Fucheng et al. 1987; Huang et al. 2011); y por el contrario, las bajas crecidas del río Nilo que en Egipto causaban hambrunas (Hassan 2007). Otro ejemplo es el mito del diluvio universal que se repite en diferentes civilizaciones en diferentes lugares del planeta y que podría explicarse de distintas maneras. Una de esas hipótesis es una crecida repentina del nivel de las aguas del Mar Negro de hasta 30m durante el Holoceno temprano (Giosan et al. 2009) y que causó una migración masiva de los grupos que ocupaban esas tierras bajas hacía Mesopotamia, Anatolia y la península de los Balcanes. Otros ejemplos son la erupción del Monte Paektu en lo que actualmente es la frontera entre China y Corea del Norte y que ocasionó un cambio climático regional y hambrunas en China en el año 946 d. C. (Oppenheimer et al. 2017) o la erupción en el año 90 d. C. del volcán Guagua Pichincha en lo que hoy es Ecuador y que afectó severamente a la civilización Jama–Coaque (Zeidler 2016).
Hay algunos casos en donde el colapso de una sociedad está estrechamente relacionado con la ocurrencia de un desastre de origen natural de magnitud considerable. Por ejemplo, la civilización Minoica que sufrió las consecuencias de diversos terremotos y la erupción del volcán Santorini y los tsunamis que se desencadenaron por esta erupción (Bruins et al. 2008), o el colapso del fin del periodo Clásico Maya tardío alrededor del año 1,000 d. C. debido probablemente a una serie de sequias severas (Lane et al. 2014).
Pero sin duda, el caso de la erupción del volcán Vesubio en el año 79 d. C. que destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano, es uno de los desastres de origen natural más documentados y estudiados; aunque no acabó con la civilización romana, estas dos ciudades no volvieron a ser reconstruidas ni habitadas nuevamente (Charlier et al. 2017).  En este caso las descripciones de Plino el joven, abren una ventana a como la sociedad romana se posicionaba frente a los desastres: Pompeya era una ciudad de vocación comercial (Beard 2009); Plino testifica que antes de la erupción del Vesubio, ocurrieron varios terremotos que no causaron temor entre la población debido a que eran frecuentes no solo en el área circundante al volcán, sino en toda la región de Campania (Giacomelli et al. 2003). Incluso, estos terremotos habían causado daños a algunos de los edificios de Pompeya, pero todo parecía parte de la cotidianidad. Por su parte, Beard (2009) sostiene que algunos miembros de la clase alta de la ciudad si visualizaron en los terremotos que antecedieron a la erupción una amenaza y por ello retiraron de sus casas objetos valiosos y decoraciones ostentosas. Por esta y otras evidencias, parece que la población de estas ciudades se dividió entre quienes si interpretaron los terremotos y la actividad del Vesubio previa a la erupción como una amenaza (al menos para sus bienes materiales) y los que simplemente no lo tomaron de esa forma. Podría concluirse por las consecuencias, que, en general, la población no estaba preparada para una erupción volcánica.
En México, además del caso de la civilización Maya ya mencionado, está el evento de la erupción del volcán Xitle, un cono de escoria al suroeste de la cuenca de México, ocurrida aproximadamente entre los años 245-315 d. C. (Siebe 2000) y que destruyó el emplazamiento urbano de Cuicuilco (y Copilco). Siebe (2000) sugiere que, efectivamente y contrario a lo que indicaban investigaciones anteriores que afirmaban que Cuicuilco había sido abandonado mucho tiempo antes de la erupción, la erupción ocasionó el abandono final de la ciudad por parte de sus habitantes. El autor también refiere que Cuicuilco estaba en una etapa de decadencia y que entre los factores que contribuían a esa etapa decadente estaba una erupción de tipo pliniana del volcán Popocatépetl hace 2000-2200 años. Esta erupción del Popocatépetl afectó no solo a Cuicuilco sino a toda la población que se asentaba en aldeas en la cuenca de México. Además, esta erupción ayudó a Teotihuacán (y Cholula) a establecerse como el centro ceremonial y económico más importante de la región (Siebe 2000; Plunket y Uruñuela 2006).

Los ejemplos mencionados arriba, son algunos sucesos sobre los que existen estudios y referencias históricas. Sin duda, este apartado es solo una generalización de un periodo de tiempo considerable en el que se ubican distintas sociedades con realidades diversas, por lo que establecer que los desastres de origen natural fueron afrontados y pensados de la misma manera en todas ellas no sería correcto.
Sin embargo, si se puede establecer que las explicaciones que se daban a los desastres estaban estrechamente ligadas a las metafísicas religiosas de cada una de estas sociedades y que el vínculo con el medio natural era importante en una gran parte de los habitantes del mundo antiguo. Sin embargo, no existía una relación sistemática coherente entre las mitologías y la práctica empírica del control material de la naturaleza (Amin 1989).

La Edad Media

Es importante señalar que no se puede universalizar la Edad Media a todo el mundo pues este tipo de organización económica-político-social, solo ocurrió en una parte de Europa a finales del siglo XV (Blaut 1978; Brenner 1979), específicamente el modelo franco-germánico si acaso ampliado al principado ruso, a la China de la dinastía Chou y al shogunato japonés (Gandarilla Salgado 2012); y mucho menos de que se trata de un estado de transición universal por el que todo pueblo debe de pasar (Hintze 1968).
En términos temporales, el feudalismo se extiende desde la caída de Roma (alrededor del siglo V d. C.) hasta el siglo XIV (Montenegro 1989) y se basa todavía en un modo de producción tributario (Amin 1989). Durante este periodo, Europa era una región periférica pues los grandes centros de desarrollo de ideas, pensamiento, comercio y tecnología se encontraban en el mundo árabe, en India y en China (Garandilla Salgado 2012; Amin 1989; Ferrer 2013), además de los imperios Azteca e Inca, aunque estos último no tenían relación con Asia, Europa o África ni entre sí mismos (Ferrer 2013). De los mencionados, el mundo árabe era con quién más contacto tenía Europa y esto significaba un problema debido a las diferentes religiones de ambas regiones: el islam por un lado y el cristianismo católico por el otro. Ambas religiones de carácter universalista (búsqueda de la verdad absoluta) y dogmático (Amin 1989).
La Iglesia católica desempeñaba un papel preponderante en la sociedad de la Edad Media pues era el único poder centralizado, orgánico y estable en ese continente (Montenegro 1989). Su dominio espiritual, a través del dogma, era casi ilimitado. A pesar de que su doctrina básica estipulaba el desprendimiento de los bienes terrenales, el amor al prójimo y la caridad, la institución quedó envuelta en los intereses del poder y marcó una distancia clara con sus seguidores (Montenegro 1989). Lo anterior se reflejaba en todos los aspectos de la sociedad de la Edad Media y en sus explicaciones (castigos divinos) de los desastres de origen natural y el hermetismo con el que reaccionaban ante estos sucesos.
La sociedad feudal europea se vio afectada por situaciones difíciles relacionadas con amenazas de origen natural. Como ya se mencionó, la narrativa que la sociedad medieval daba a los desastres de origen natural, entre los cuales las inundaciones y las epidemias como la de la peste negra (Ferrer 2013), estaba estrechamente ligada a la religión católica; pero también, y ya desde entonces, a intereses económicos (Emrys Morgan 2015). 
Por otra parte, si bien es probable que en tiempos anteriores y en otros lugares del mundo como la cuenca de los ríos Tigris y Éufrates, algunas inundaciones ya pudiesen ser clasificadas como “socio-naturales”, es decir, causadas por una combinación de factores naturales y antrópicos, es en la Europa medieval en donde estudios como el de Toonen (2015) muestran evidencias de la relación entre las inundaciones (en este caso en específico en la cuenca del río Rin) y la deforestación iniciada desde el periodo paleolítico.
Otro aspecto relevante es que es en este periodo, principalmente en la baja Edad Media, donde la población comienza a llevar un registro de los eventos de desastre que los afectaban, tal es el caso de las inundaciones del río Rin en lo que hoy es Alemania y Holanda (Glaser y Riemann 2009; Glaser y Stangl 2003, Herget y Meurs 2010) o para el río Támesis (Galloway 2009).
Es en esta Europa medieval cristiana occidental y no desde el mundo árabe o el imperio chino, donde se gestará el cambio histórico que hoy llamamos Modernidad, aunque hay que decir que dicho cambio incluyó en un principio la apropiación por parte de los europeos de una parte de la tecnología y ciencia desarrollada por los árabes y los chinos (Ferrer 2013).

Referencias

Amin S (1989) El eurocentrismo. Crítica de una ideología. México: Siglo XXI.

Beard M (2009) Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana. Crítica. Barcelona, España. pp. 568.

Blaut J (1978) ¿Dónde nació el capitalismo? En VV.AA. Geografía radical anglosajona, Documents d’analisi metodològic en geografía, Facultad de Filosofía y Letras. Depto. de Geografía, PUAB, Bellaterra, pp. 7-27.

Brenner R (1979) Los orígenes del desarrollo capitalista: crítica del marxismo neosmithiano. Teoría 3: 57-166.

Bruins HJ, MacGillivray JA, Synolakis CE, Benjamini C, Keller J, Kisch H, Klügel A, van der Plicht J (2008) Geoarchaeological tsunami deposits at Palaikastro (Crete) and the Late Minoan IA eruption of Santorini. Journal of Archaeological Science 35(1): 191-212. https://doi.org/10.1016/j.jas.2007.08.017

Carmagnani M (2004) El otro Occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización. Fondo de Cultura Económica. México. pp. 408.

Charlier P, Abdallah FB, Bruneau R, Jacqueline S, Augias A (2017) Did the Romans die of antimony poisoning? The case of a Pompeii water pipe (79 CE) Toxicology Letters. En prensa.

de Sousa Santos B (2010) Decolonizar el saber, reinventar el poder. Trilce. Montevideo, Uruguay. pp. 104.

Dussel E (2006) 20 Tesis de política. Siglo XXI. México, México. pp. 167.

Elias N (1990) La sociedad de los individuos, Barcelona, Península.

Emrys Morgan J (2015) Understanding flooding in early modern England. Journal of Historical Geography 50: 37-50. DOI: https://doi.org/10.1016/j.jhg.2015.05.003

Ferrer A (2013) Historia de la Globalización I. Orígenes del orden económico mundial. Fondo de Cultura Económica. México. pp.339.

Fucheng S, Yuanjun Y,  Manhua H (1987) Investigation and verification of extraordinarily large floods on the Yellow River. Journal of Hydrology 96(1–4): 69-78. https://doi.org/10.1016/0022-1694(87)90144-2

Galcerán M (2001) Presente y futuro del marxismo. RIFP 17: 117-156. DOI: http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:filopoli-2001-17-0012/pdf

Galloway JR (2009) Storm flooding, coastal defence and land use around the Thames estuary and tidal river c.1250–1450. Journal of Medieval History 35(2): 171-188. DOI: https://doi.org/10.1016/j.jmedhist.2008.12.001

Gandarilla Salgado (2012) Asedios a la totalidad. Poder y política en la modernidad desde un encare de-colonial. Anthropos. Barcelona, España. pp. 368.

Giacomelli L, Perrotta A, Scandone R, Scarpati C (2003). The eruption of Vesuvius of 79 AD and its impact on human environment in Pompeii. Episodes, 26 (3), pp. 235-238.

Giosan L, Filip F, Constatinescu S (2009) Was the Black Sea catastrophically flooded in the early Holocene? Quaternary Science Reviews 28, 1–2, 1-6. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2008.10.012

Glaser R, Riemann D (2009) A thousand-year record of temperature variations for Germany and Central Europe based on documentary data. J. Quat. Sci. 24: 437–449.

Glaser R, Stangl H (2003) Historical floods in the Dutch Rhine Delta. Nat. Hazards Earth Syst. Sci. 3, 605–613.

Guerra Vilaboy S (2006) Breve historia de América Latina. Ciencias Sociales. La Habana, Cuba. pp. 19.

Hassan FA (2007) Extreme Nile floods and famines in Medieval Egypt (AD 930–1500) and their climatic implications. Quaternary International 173–174: 101-112. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quaint.2007.06.001

Herget J, Kapala A, Krell M, Rustemeier E, Simmer C, Wyss A (2015) The millennium flood of July 1342 revisited. Catena 130: 82–94.

Hernando A (2002) Arqueología de la identidad. Akal. España. pp. 224.

Hernando A (2015) Identidad relacional y orden patriarcal. En: Hernando A (ed.) Mujeres, hombres, poder. Subjetividades en conflicto. Traficantes de Sueños. Madrid España. pp. 185.

Hintze O (1968) Esencia y difusión del feudalismo. Historia de las formas políticas. Madrid, Revista de Occidente.

Huang CC, Pang J, Zha X, Su H, Jia Y (2011) Extraordinary floods related to the climatic event at 4200 a BP on the Qishuihe River, middle reaches of the Yellow River, China. Quaternary Science Reviews 30, 3–4: 460-468. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2010.12.007

Kennett D, Kennett JP (2007) Influence of Holocene marine transgression and climate change on cultural evolution in southern Mesopotamia. In: Anderson DG, Maasch KA, Sandweiss DH (eds.) Climate Change and Cultural Dynamics. A Global Perspective on Mid-Holocene Transitions. 229-264. DOI:        https://doi.org/10.1016/B978-012088390-5.50012-1

Lane CS, Horn SP, Kerr MT (2014) Beyond the Mayan Lowlands: impacts of the Terminal Classic Drought in the Caribbean Antilles. Quaternary Science Reviews 86: 89-98. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2013.12.017

Montenegro W (1989) Introducción a las doctrinas político económicas. Fondo de Cultura Económica. México, México. pp. 337.

Oppenheimer C, Wacker L, Xu J, Galvan JD, Stoffel M, Guillet S, Corona C, Sigl M, Di Cosmo N, Hajdas I, Pan B, Breuker R, Schneider L, Esper J, Fei J, Hammond JOS, Büntgen U (2017) Multi-proxy dating the “Millennium Eruption” of Changbaishan to late 946 CE. Quaternary Science Reviews 158: 164-171. https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2016.12.024

Pérez Orozco A (2014) Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Traficantes de sueños. Madrid, España. pp. 305. DOI: https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/map40_subversion_feminista.pdf

Plunket P, Uruñuela G (2006) Social and cultural consequences of a late Holocene eruption of Popocatépetl in central Mexico. Quaternary International 151(1): 19-28. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quaint.2006.01.012

Siebe C (2000) Age and archaeological implications of Xitle volcano, southwestern Basin of Mexico-City. Journal of Volcanology and Geothermal Research 104: 45-64. DOI: https://doi.org/10.1016/S0377-0273(00)00199-2

Smith K (1991) Environmental Hazards. Assessing risk and reducing disaster. Routledge. Londres, Reino Unido. pp. 321.

Wolff E (2000) Europa y la gente sin historia. FCE. Buenos Aires, Argentina.

Zeidler JA (2016) Modeling cultural responses to volcanic disaster in the ancient Jama–Coaque tradition, coastal Ecuador: A case study in cultural collapse and social resilience. Quaternary International 394: 79-97. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quaint.2015.09.011

jueves, 11 de octubre de 2018

1.1.2 La identidad relacional y su modo de explicar el mundo

Credit by volcanic eruption © gfycat.com

Paleolítico y Neolítico


Tomando como referencia a Childe (1986) los seres humanos comenzamos a poblar el mundo hace aproximadamente 600,000 años y tan solo hace 15,000 años se pudo establecer que había seres humanos viviendo en cada región de los cinco continentes. Antes incluso de este periodo, el planeta Tierra ya había experimentado cataclismos cuya magnitud, y de acuerdo a las evidencias en fósiles, pusieron en serio predicamento la existencia de la vida en el planeta. El más popular de esos eventos fue la extinción masiva del Cretacio-Paleogeno asociada al impacto de un asteroide que causó el cráter Chicxulub hace 66 Ma. (Vajda y Vercovici 2014). El evento marca el fin de la Era Mesozoica y el comienzo de la Era Cenozoica (Alvarez et al. 1980; Alvarez 1983). En ese tiempo no había seres humanos y en lo que va de su existencia, el género humano no se ha enfrentado a un evento de la magnitud de Chicxulub. Sin embargo, si ha experimentado eventos de menor magnitud que afectaron a la vida y al ambiente, ya sea a nivel local, regional o incluso global.
Por ejemplo, hace 73,000 años, una erupción volcánica de grado 8 de acuerdo al Índice Volcánico de Explosividad generó la caldera del lago Toba en Indonesia (Williams 2012, Timmreck et al. 2012; Clarkson et al 2012; Oppenheimer 2012). El impacto que tuvo está erupción, que es la más violenta registrada durante la existencia del homo sapiens, continua siendo discutido y no está claro (Williams 2012). También es incierta la distribución de la población de humanos al momento de la erupción y si ésta realmente causó un descenso dramático en la población humana casi al punto de la extinción (Timmreck et al. 2012; Williams 2012). Ambrose (2003) sostenía que la erupción podía ser la responsable de un descenso dramático en el número de seres humanos pues esta habría ocasionado un “invierno volcánico” de hasta seis años. Por otra parte, Timmreck et al. (2012) concluyen que en realidad los efectos de la erupción no significaron un desafió para la supervivencia humana y que lo que si hubo fue una adaptación a los diferentes cambios que pudo causar la erupción a nivel global. Sheets (2001) también coincide con la idea de que este tipo de sociedades de cazadores-recolectores, donde prevalecía la igualdad, y que tenían una estructura simple, eran en largo plazo más resilientes a las amenazas naturales de lo que lo fueron civilizaciones más complejas como los imperios, los reinos, los estados de la antigüedad e incluso los de la civilización moderna occidental y capitalista (CMOC).
Otro ejemplo son las glaciaciones: a mediados del siglo XIX comenzaron a estudiarse las evidencias de los periodos más fríos en la Tierra conocidos como glaciaciones (Paillard 2015). El último periodo glacial se estima ocurrió entre 110,000-12,000 años. Estos cambios tuvieron consecuencias en el ambiente y en la organización de las sociedades humanas que vivieron esos cambios, por ejemplo Kawahata et al. (2017) relacionaron los cambios en el clima con adaptaciones de las sociedades que habitaban en la isla del Japón durante el holoceno. Otro ejemplo: diferentes grupos de nómadas Uto-Azteca en Norteamérica iniciaron una migración de las regiones centrales del continente hacía la costa de California debido a una serie de sequias prolongadas en el centro del continente (Kennett et al. 2007). Por lo anterior, es probable que los seres humanos se dieran cuenta de estos cambios y actuaban en consecuencia.
Surge la pregunta: ¿de qué forma estás sociedades del paleolítico y neolítico interpretaban los eventos que hoy llamamos desastres naturales? No existen evidencias arqueológicas, estudios o registros suficientes para esbozar un marco completo al respecto, pero el análisis desde al etno-arqueología puede dar algunas claves a través del concepto de identidad.

La identidad

El concepto de identidad en etno-arqueología establece relaciones de comparación entre personas o cosas. Además, es un proceso (como ser o llegar a ser) que se define como el establecimiento sistemático y la significación entre individuos y entre colectividades, de relaciones de similitud o diferencia (Jenkins 1996). No hay identidades naturales o innatas. Por tanto, la identidad implica, en principio, la identificación de cada nuevo ser humano que nace con los seres humanos que le rodean (progenitores, familia, grupo social) y por tanto, la identidad se construye de manera social o cultural (Hernando 2002). Al mismo tiempo, la identidad permite una “negociación” con la realidad y con una forma de estar y de supervivencia efectiva dentro de esa realidad (Hernando 2002). Esa forma de relacionarse con la realidad y los vínculos que establecen las diferentes identidades con cada uno de los aspectos dinámicos o estáticos del mundo, son lo que nos interesa en este trabajo.
Hernando (2002) apunta que la identidad es el principal recurso de los seres humanos para generar la imprescindible sensación de seguridad que nos hace posible tomar decisiones ante la complejidad (entendida desde el punto de vista de Morín (1983)) del mundo en que habitamos. Esto es así porque mediante la identidad se desarrollan mecanismo cognitivos que nos permiten tener la sensación de que tenemos cierto control sobre la realidad (más allá de si esa sensación sea real o no). Y esto es así para cada grupo humano, aunque cada grupo humano construye significados diferentes para cada aspecto de la realidad y esto incluye los fenómenos naturales que pueden causarles daño.
De acuerdo a la misma autora (Hernando 2002), los significados que damos a cada fenómeno natural dependen del orden y el modo de representación que se dé a cada uno de esos fenómenos. El orden se establece de acuerdo a dos mecanismos: el tiempo y el espacio, cualidades abstractas de la percepción de la realidad (Gell 1996). De esta forma, se posicionan los hechos de la experiencia en un conjunto ordenado, coherente y con sentido (Elias 1990). Por otra parte, los seres humanos tenemos dos modos fundamentales de representar la realidad: la metonimia y la metáfora (Olson 1994, Hernando 2002). En la metonimia la representación de la realidad se simboliza con elementos contiguos o de causa y efecto de esa misma realidad (por ejemplo: “se vino el cerro” para referirse a un proceso de remoción en masa). En cambio, en la metáfora la representación y el signo que se usa para representarla son cosas diferentes (la escritura, el discurso científico, son ejemplos de metáfora).
Para explicar las amenazas naturales cuyo mecanismo ha sido parcialmente descifrado se utiliza la metáfora y al contrario, se utilizará la metonimia para aquellas que no han logrado ser explicadas conforme a una lógica causal independiente de los humanos. Cuando un fenómeno natural se representa a través de la metonimia generalmente inspira temor y se le atribuirá la lógica del comportamiento humano. De esta manera habrá ríos con furia, volcanes enfadados o huracanes asesinos. Esta forma de pensamiento también se refleja en los dioses que cada sociedad crea, asignándoles comportamientos humanos y la posibilidad de ser ofendidos o complacidos. Bajo este sistema de creencias, se tienen pocos recursos para mejorar la situación salvo la oración, la corrección de la conducta moral y la asistencia mutua después de un evento de desastre (Oliver-Smith et al. 2016).
Hernando (2002) afirma que la metonimia y la metáfora han estado presentes (y están presentes) en todas las sociedades, para muestra la CMOC, que a pesar del gran desarrollo científico que se ha propiciado dentro de ella y a la abundante utilización de abstracciones para referirse a la realidad, esto no ha logrado desplazar por completo a las explicaciones metonímicas, especialmente en situaciones como la muerte y los mal llamados “desastres naturales”.

La identidad relacional ante el medio natural

Para los grupos de cazadores-recolectores del paleolítico (por ejemplo aquellos que habitaban el planeta cuando ocurrió la erupción del volcán Toba y que emigraron a causa de los cambios climáticos propios de las glaciaciones), existe el consenso de que la mayoría de estos grupos tenían una estructura social simple, donde no existía división de funciones ni especialización del trabajo y tenían en un modo de producción colectivo (Amin 1989).
En estas sociedades comunitarias (no existía la propiedad privada), el grupo humano (la tribu) no representa amenaza alguna pues no hay competencia. De esta forma, la identidad última se deposita en el grupo, pues no existe el “yo”. Esto se representa en la apariencia común de todos los miembros del grupo en una indisociable vinculación entre el cuerpo y la identidad (vestimenta, perforaciones, tatuajes, modo de llevar el cabello) (Moragón 2013; Hernando 2015). También se representa en la forma en cómo se hacen las cosas: cómo se caza, cómo se pesca, cómo se cultiva (González Ruibal et al, 2011; Ong 1996; Havelock 1996). Se es siendo y no pensando en lo que se es (Hernando 2015). Esta postura es lo contrario al “cogito ergo sum” (pienso luego existo”).
En este tipo de sociedades los fenómenos naturales son explicados a partir del único comportamiento en el que se confía: el humano (Hernando 2015). Bajo esta lógica, cualquier aspecto dinámico del medio natural será explicado en términos de interrelación personal, lo que significa que cualquier relación con el medio natural tiene un contenido emocional (Hernando, 2002). Y dada la ausencia de control material sobre el medio natural estos grupos le temen al cambio y crean narrativas basadas en la periodicidad y en los ciclos que se repiten eternamente (Wilches Chaux 1998; Hernando 2015).
Otro elemento clave de la identidad relacional son los vínculos con los otros miembros del grupo: la persona se describe a sí misma como un cruce entre relaciones como ser hijo de X, padre de Y, pareja de Z (Leenhardt, 1997). La pertenencia al grupo es lo que da confianza ante la complejidad del mundo y el grupo se entiende solo como parte de una estructura mayor: el grupo humano asimilado como una expresión más de la naturaleza (Amin 1989).
El grupo representa seguridad y el origen del mismo se explica a través de los mitos, en donde casi en todos los casos, ese grupo es el elegido y favorecido por la deidad o deidades supremas (Hernando 2015). Surge así, la metafísica; es decir, la intención de descubrir el principio último que gobierna al universo en su totalidad (Amin 1989). Lo anterior es lo que da pie al surgimiento de las religiones, aspecto todavía hoy vigente en las explicaciones de los desastres.
Así, estas sociedades crearon mitos para explicar cada aspecto relevante de la vida (Dussel 2006). De ese modo sabían del amor, del dolor, de la alegría, de la noche, del día, de los animales, de las plantas, de los cielos, del suelo, de las estrellas, del clima, de la lluvia, de la enfermedad y de las amenazas naturales que los afectaban. Narrar era la principal de las formas de dar a conocer (Gargallo 2015). Analizando estos mitos, podemos descifrar y comprender cuál era el lugar que las amenazas naturales ocupaban en el imaginario de estas sociedades y principalmente comprender el porqué de ello.
Sin duda, las amenazas de origen natural representaban para este tipo de sociedades un cambio drástico en la cotidianidad y por tanto un riesgo mayor. Se les explicaba a estos eventos como castigos divinos o causados por enojos de la deidad o deidades supremas (Smith 1991). Wilches Chaux (1998) expone un claro ejemplo de una amenaza natural explicada en forma de mito al referir que en Colombia, en una comunidad rural de ese país, la gente explicaba los procesos de remoción en masa como consecuencia de la molestia de un personaje fantástico: “el duende”, ante la deforestación del bosque cercano a esa comunidad.
En este caso se aprecia que, con base en la observación realizada, quizás a lo largo de generaciones, la gente encontró una relación entre el cortar los árboles de una ladera y la ocurrencia de procesos de remoción en masa. Para los habitantes no era posible explicar esta relación a través del discurso científico como lo hace hoy la ciencia moderna, sin embargo el mito funcionó bien durante mucho tiempo para desalentar a aquellos que querían aprovechar de manera irracional la madera de sus bosques; evitando probablemente el aumento en la frecuencia de ocurrencia de procesos de remoción en masa. 
¿Qué sociedades a lo largo de la historia encajan con la identidad relacional? Es fácil asignar este tipo de identidad a todos los grupos de cazadores-recolectores y a las primeras sociedades agrícolas de la historia en cualquiera de los continentes. También se incluyen a los habitantes de regiones remotas, como las selvas del Amazonas y del interior de África, porque se piensa siguen “atrapadas” en este tipo de identidad. Incluso el término puede extenderse a los grupos indígenas que hasta el día hoy subsisten en el mundo.
Sin embargo, no es fácil asumir que esta identidad está sumamente presente en la CMOC. En efecto, la identidad relacional no ha desaparecido e incluso, más allá de la perduración de las religiones dentro de la sociedad occidental, la tesis de Hernando (2015) sugiere que la identidad relacional solo fue ocultada y delegada a otros actores y actividades. Específicamente, Hernando se refiere a las mujeres como depositarias de la identidad relacional en la sociedad occidental pues las mujeres fueron (y en algunos casos siguen siendo) vistas como encargadas naturales de los cuidados, los afectos, las emociones y la crianza del resto de la sociedad. También se puede identificar que la identidad relacional es satisfecha parcialmente en la CMOC en los nacionalismos, en la pertenencia a una escuadra deportiva (identidad a través del cuerpo y el uso de unos colores) o en la afiliación política o pertenencia a un partido político. En estos lugares, la superstición, la irracionalidad y las emociones por sobre la razón, no son descartadas ni son mal vistas.
De esta forma, es más sencillo entender por qué la identidad relacional no ha desaparecido de la explicación de los desastres por amenazas naturales: porque no ha desaparecido ni está ausente en la CMOC. Oliver-Smith et al (2016) menciona que las viejas narrativas para explicar los desastres no han sido sustituidas por otras nuevas, sino que se han acumulado como parte de la narrativa en curso. Por lo tanto, lo que existe es una tipología de las cusas del desastre en evolución constante.
Finalmente, más arriba se mencionó que el sentido de pertenencia a un grupo es fundamental para la confianza y para afrontar la complejidad del mundo que se habita, esto es algo que no elimina el otro tipo de identidad que se contrapone a la identidad relacional y que a continuación se describe: la identidad individual.

Referencias.

Alvarez LW (1983) Experimental evidence that an asteroid impact led to the extinction of many species 65 million years ago. Proc. Natl. Acad. Sci. 80, 627–642.

Alvarez LW, Alvarez W, Asaro F, Michel HV (1980) Extraterrestrial cause for the Cretaceous–Tertiary extinction. Science 208, 1095–1108.

Ambrose S (2003) Did the super-eruption of Toba cause a human population bottleneck? Reply to Gathorne-Hardy and Harcourt-Smith. Journal of Human Evolution 45 (3): 231-237. DOI: https://doi.org/10.1016/j.jhevol.2003.08.001


Amin S (1989) El eurocentrismo. Crítica de una ideología. México: Siglo XXI.

Childe G (1986) Los orígenes de la civilización. Breviarios Fondo de Cultura Económica. México. Pp. 291.


Clarkson C, Jones S, Harris C (2012) Continuity and change in the lithic industries of the Jurreru Valley, India, before and after the Toba eruption. Quaternary International 258: 165-179. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quaint.2011.11.007

Dussel E (2006) 20 Tesis de política. Siglo XXI. México, México. pp. 167.

Elias N (1990) La sociedad de los individuos, Barcelona, Península.

Gell A (1996) Vogel's Net : Traps as Artworks and Artworks as Traps. Journal of Material Culture 1:15. DOI: 10.1177/135918359600100102

González Ruibal A. Hernando A, Politis G (2011) Ontology of the self and material culture: Arrow-making among the Awá hunters-gatherers (Brazil). Journal of Anthropological Archaeology 30: 1-16.

Havelock EA (1996) La musa aprende a escribir, Barcelona, Paidós.

Hernando A (2002) Arqueología de la identidad. Akal. España. pp. 224.

Hernando A (2015) Identidad relacional y orden patriarcal. En: Hernando A (ed.) Mujeres, hombres, poder. Subjetividades en conflicto. Traficantes de Sueños. Madrid España. pp. 185.

Jenkins R (1996) Social Identity. Routledge. Reino Undio. pp. 206.

Kawahata H, Matsuoka M, Togami A, Harada N, Murayama N, Yokoyama Y, Miyairi Y, Matsuzaki H, Tanaka Y (2017) Climatic change and its influence on human society in western Japan during the Holocene. Quaternary International 440(A):102-117. https://doi.org/10.1016/j.quaint.2016.04.013

Kennett D, Culleton B, Kennett JP, Erlandson JM, Cannariato KG (2007) Middle Holocene climate change and human population dispersal in western North America. In: Anderson DG, Maasch KA, Sandweiss DH (eds.) Climate Change and Cultural Dynamics. A Global Perspective on Mid-Holocene Transitions. 531-557. DOI: https://doi.org/10.1016/B978-012088390-5.50020-0

Leenhardt M (1997) Do kamo. La persona y el mito en el mundo melanesio. Barcelona, Paidós.

Moragón L (2013) Cuerpo y sociedades orales. Una reflexión sobre la concepción del cuerpo y sus implicaciones en el estudio de la Prehistoria, Tesis doctoral, Madrid, Departamento de Prehistoria/Universidad Complutense, inédita.

Morín E (1983) El método II: La vida de la vida. Cátedra. Madrid. pp. 543.

Oliver-Smith A, Alcántara-Ayala I, Burton I, Lavell AM (2016) Investigación forense de desastres. Un marco conceptual y guía para la investigación. UNAM. México, México. pp. 103.

Olson CM (1994) Understanding and Evaluating a Meta-analysis. Academy Emergency Medicine 1(4): 392-398. DOI: 10.1111/j.1553-2712.1994.tb02653.x

Ong W (1996) Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, México. Fondo de Cultura Económica.

Oppenheimer S (2012) A single southern exit of modern humans from Africa: Before or after Toba? Quaternary International 258: 88-99. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quaint.2011.07.049

Paillard D (2015) On Quaternary glaciations, observations and theories. Quaternary Science Reviews 120: 128-132. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2015.05.017

Sheets P (2001) The Effects of Explosive Volcanism on Simple to Complex Societies in Ancient Middle America. En: Markgraf V (ed.) Interhemispheric Climate Linkages. ElSevier. 73–86.

Smith K (1991) Environmental Hazards. Assessing risk and reducing disaster. Routledge. Londres, Reino Unido. pp. 321.

Timmreck C, Graf HF, Zanchettin D. Hagemann S, Kleinen T, Krüger K (2012) Climate response to the Toba super-eruption: Regional changes. Quaternary International 258: 30-44. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quaint.2011.10.008

Vajda V, Bercovici A (2014) The global vegetation pattern across the Cretaceous–Paleogene mass extinction interval: A template for other extinction events. Global and Planetary Change 122: 29–49. DOI: http://dx.doi.org/10.1016/j.gloplacha.2014.07.014

Wilches-Chaux G (1998) Auge, caída y levantada de Felipe Pinillo, mecánico y soldador o yo voy a correr el riesgo. Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina. Perú. pp. 103.

Williams M (2012) The 73 ka Toba super-eruption and its impact: History of a debate. Quaternary International

1.1.1 Introducción


“La historia no es otra cosa que una constante interrogación a los tiempos pasados en nombre de los problemas y curiosidades […] del presente que nos rodea y nos asedia.” Braudel (1992).

La forma en que actualmente concebimos, asimilamos y actuamos ante los desastres de origen natural y los riesgos, mantiene una relación directa con la forma en cómo nos posicionamos en el mundo. Es decir, la identidad que asumimos, de manera individual y como sociedad, frente al hecho de la existencia.
En este apartado se expone una revisión general de los desastres por amenazas naturales a lo largo de la historia y su relación con la identidad que se asume, el sistema económico y de producción y el control material que sobre el medio natural tienen las diferentes sociedades. Con base en ello, se sostiene que la civilización moderna occidental y capitalista (CMOC) ha actuado frente a los desastres de origen natural desde la visión de una identidad individual que considera que todo lo puede conocer y controlar; esto es la base de una visión fisicalista de los desastres (Hewitt 1983). Esta visión ha fallado en gran medida y está siendo parcialmente complementada por una postura surgida de las críticas a la Modernidad. Esta postura, comúnmente llamada alternativa o estructuralista, aún está en desarrollo. Lejos de significar un retroceso o una filiación con el pasado remoto, el nuevo enfoque busca tomar en cuenta otros puntos de vista que se relacionan con lo social y con una relación responsable con el medio natural. El postulado que lo define habla por sí mismo: los desastres no son naturales.


Braudel F (1992) La larga duración. En: La Historia y las ciencias sociales. Alianza 5º edición. Madrid, España. pp. 72.

1.1.3 Tabla. Principales desastres de origen natural antes de 1492.

John Martin .  The Destruction of Pompei and Herculaneum. 1822 DENOMINACIÓN AÑO LUGAR AFECTACIÓN Erupció...